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Pablo Emilio Escobar

Por: Diciembre 2, 2013 Sin comentarios

México, D.F.- El 2 de diciembre de 1993, en un tejado del barrio Los Olivos, en Medellín, empezó el declive de los grandes cárteles del narcotráfico en Colombia, que dominaron la producción y el tráfico de cocaína a nivel mundial y pusieron en jaque a todo un país. Ese día, de doce disparos, y en un operativo del Bloque de Búsqueda de la Policía Nacional, que contó con el apoyo en inteligencia del gobierno de Estados Unidos, cayó Pablo Emilio Escobar Gaviria, jefe del cártel de Medellín, responsable de la muerte de ministros, policías, candidatos presenciales y centenares de inocentes, y, en ese entonces, el criminal más buscado del mundo.

 

La imagen del narcotraficante doblegado por las autoridades marcó el principio del fin de los grandes barones de la droga en Colombia y de la espiral de violencia que trajeron consigo. Las cifras son dramáticas: el país sufrió 623 atentados, que dejaron 402 personas muertas y mil 710 heridas, además de 550 policías asesinados, en la década comprendida entre 1983 y 1993, según los cálculos oficiales.

 

Al cumplirse 20 años de la caída de Escobar, y desmantelado no sólo el cártel de Medellín, sino también por completo la estructura del cártel de Cali, hacia 1995, con la captura y posterior extradición de sus máximos jefes, Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, alias El Ajedrecista y El Señor, respectivamente, ¿hacia dónde derivó el narcotráfico y qué muestra dicha transformación?

 

La Policía habla de una atomización y dispersión de organizaciones emergentes que tienen características y modus operandi muy diferentes. Hoy no hay grandes cárteles. Lo que existe, de acuerdo con las autoridades, son 126 organizaciones con menores capacidades a las que alguna vez mostraron las de Medellín y Cali, que se enfrentaron a muerte por el monopolio y el control de todos los eslabones del negocio y cuyos capos ejercían el poder mediante la intimidación y la ostentación.

 

Ahora, por el contrario, los jefes de las nuevas bandas muestran un perfil bajo, sin lujos, para evitar ser catalogados como capos y así evadir procesos judiciales. Con excepciones, llevan una vida sin excentricidades, se camuflan como comerciantes e industriales y en estratos medios. Su prioridad consiste en configurar entramados empresariales, a través de testaferros y artimañas para lavar activos. Otro punto evidente de la transformación es que se pasó de cárteles autónomos a organizaciones fragmentadas que requieren de “alianzas multicriminales”. Dicha dependencia, inclusive, se evidencia en sus brazos armados. El cártel de Medellín contó con las autodefensas desmovilizadas del Magdalena Medio a su servicio y las escuelas de sicarios bajo órdenes de Escobar. En la actualidad, las organizaciones logran mantener ciertos niveles de confrontación armada, pero deben contratar estructuras delincuenciales o sicarios.

 

También hay problemas intestinos que se desatan tras la captura o la muerte de un capo. A diferencia de lo que ocurría con los grandes cárteles, ahora hay fracturas internas entre los mandos medios por alcanzar el nivel de cabecillas. “La desarticulación de los cárteles y la captura de los principales capos derivaron en la pérdida del control de las rutas, que en su mayoría son controladas por los mexicanos y las redes locales de los países de tránsito y destino”, dice un informe de inteligencia de la Policía Nacional.

 

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