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La trampa de la razón

Por: febrero 4, 2015 Sin comentarios

La ilusión es un proceso mental que nos mantiene en un estado de satisfacción mientras construimos bajo una lógica de irracionalidad un discurso racional. El espejismo es una anomalía en la razón humana. ¿Pero, se puede ser racional bajo una lógica irracional? La ilusión es la representación de una mentira y, sin embargo, irrumpe y arraiga cotidianamente en nuestros procesos de racionalidad.

 

La ilusión tiene su raíz en el engaño y en la esperanza, y es en la segunda en donde los sentidos encuentran lógico ilusionarse. No es la intuición la que prevalece en el razonamiento, sino el abandono de los sentidos a la confianza de que algo sucederá, algo satisfactorio, algo que se desea, a sabiendas de que no sucederá jamás. La ilusión pues es la trampa de la razón.

 

Bajo estos parámetros de reflexión los seres humanos nos desenvolvemos en emboscadas cotidianas. El engaño que nos apunta desde la distancia para meternos un tiro en la cabeza o la esperanza que surge de una mentira que nos explota en el camino como una granada sembrada en la tierra.

 

La razón es el objetivo de estas emboscadas, que buscan confundir la claridad del pensamiento. Y aunque la ilusión pueda darnos satisfacción durante un tiempo por la esperanza que produce, no deja de ser una mentira, un vil engaño de nuestra propia razón.

 

La ilusión debe ser combatida sin abandonar el sentimiento de esperanza, un sentimiento que nos mantiene en los parámetros de lo humano. Mientras la ilusión es nociva, la esperanza es un aliciente en el ánimo y el espíritu.

La esperanza surge de la posibilidad racional y no sólo del deseo y mucho menos de la mentira, como la ilusión, que no obstante que puede tener su raíz en la esperanza, termina convirtiéndose en un engaño para la razón. En suma, la ilusión es un autoengaño mientras la esperanza es un proceso racional de confianza en el otro.

 

No podemos culpar a alguien que nos miente si al final nos ilusionamos con sus mentiras, porque desde el principio, a sabiendas de que nos miente, construimos un discurso racional y nos ilusionamos. Eso es la ilusión, se construye sobre un entarimado de falsedades.

 

Pero a quien nos brinda una esperanza bien intencionada y al final nos traiciona o traiciona la causa que enarbola, ahí sí es posible entablar una querella moral. En este caso la intención del otro era cumplir las expectativas que se esperaban de sus actos, pero al final, por la razón que sea, decidió incumplir sus promesas.

 

En la esperanza bien intencionada la traición es culpa del otro, en la ilusión el culpable es uno mismo.

 

Valga esto para racionalizar nuestro comportamiento en las decisiones políticas o en nuestras relaciones con los demás. Tanto la política como nuestras relaciones cotidianas no están exentas de las trampas de la ilusión o los sinsabores de la esperanza bien intencionada, aunque de esta última no es posible escapar, o no sería conveniente hacerlo, pues la confianza reafirma nuestra humanidad.

 

Pero con la ilusión es diferente, de hecho es vital para nuestro desenvolvimiento intelectual escapar de las trampas de la razón.

 

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