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La reafiliación del PAN

Por: enero 11, 2013 Sin comentarios

Autor: Carlos Castillo

Iniciado poco antes de la derrota del 1 de julio de 2012, el proceso de refrendo de la militancia de Acción Nacional que se propuso depurar la base de datos de miembros activos y adherentes concluyó a finales de ese año; los resultados de ese ejercicio, marcado por los estatutos y pospuesto por cuatro años, fueron dados a conocer el domingo 6 de enero y anunciados por el presidente nacional del PAN, Gustavo Madero, el lunes 7.

De inmediato, los medios de información difundieron aquellos datos que por su estridencia son naturalmente dignos de los grandes titulares: el no refrendo de cerca del 80% de la otrora militancia; el estrepitoso descenso de la afiliación en estados como Tabasco, Tlaxcala y Colima; la reducción del padrón del Distrito Federal, donde sólo 2 de cada 10 refrendaron su adhesión, entre otros tantos que se han leído en estos días. No hay mentira en esa información y aunque la interpretación de las razones de esa caída abrumadora entre los afiliados panistas es diversa y dispersa, hay un hecho innegable: ni todos los que se quedaron son con certeza “los mejores”, ni todos los que se fueron son “los peores”.

El maniqueísmo entre buenos y malos es una salida fácil; el simplismo, un atajo que de común, y sobre todo en casos complejos, lleva a conclusiones falsas. La pereza mental para el análisis confunde a un ya de por sí atolondrado partido que aún no termina de tener en claro los motivos de su pasada derrota, entre los cuales, sin duda, se encuentra el haber acudido a un proceso electoral con un padrón falso, inexacto, inflado y que de nada servía para realizar un trabajo óptimo de captación del voto.

Este padrón es fruto del descuido y de la improvisación que se dieron en el PAN desde 2008. Con la Reforma de Estatutos de ese año, incorporarse al PAN dejó de exigir los tradicionales cursos que antaño fueron obligatorios, lo que, al menos, garantizaba que quien quisiera ser parte de Acción Nacional debía sentarse durante cuatro horas un sábado a escuchar las causas, las banderas, los principios y los ideales que defiende el partido. Un par de años después, la campaña de afiliación realizada en todo el país sumó en dos semanas a más de 300 mil nuevos panistas, que pudieron ser miembros adherentes incluso vía SMS o internet: bastaba llenar el formulario, tener credencial de elector y hacer “click” en su pantalla.

Pertenecer al PAN se simplificó tanto como lo desearía el contribuyente que acude a pagar impuestos: sin trámites complejos ni ventanillas ni firmas electrónicas ni ningún otro mecanismo de control. Si bien no se era miembro activo, con plenos derechos, al menos sí se podía participar en los procesos de selección de candidatos a diversos cargos de elección popular, lo que, por supuesto, no tardó en ser aprovechado por oportunistas que encontraron el modo –sencillo y sin castigo– de aprovecharse y manipular ese caos naciente.

La estrategia era sencilla: quien estuviera deseoso de hacerse de una candidatura se dedicaba a afiliar masivamente y luego convocaba a los “nuevos panistas” para que votaran por su muy deleznable e infame persona, en camiones de acarreados, a cambio de prebendas al más puro estilo PRI, pero en versión chafita; eso sí, daba un discurso apelando a la ética, al honor, a los altos valores del servicio, del trabajo, del esfuerzo… Así, no terminaba ganando el mejor sino quien era capaz de llevar más fieles a afiliar y luego a la casilla. Es decir, “los mejores” dejaron desde hace mucho tiempo de ser los representantes del PAN; en todo caso, lo representaron los mejores gandallas, los mejores tramposos, los mejores para acarrear, los mejores para transar, entre otras cualidades de la infamia.

Y de ahí a la derrota, tal y como le ocurrió al PRI en el siglo pasado y al PAN desde las elecciones intermedias de 2009 y en las federales y estatales de 2012, sólo faltaba un paso pequeño.

Ahora bien, ante la literal desbandada que se dio en el PAN, caben algunas preguntas: ¿qué tan válidas son algunas candidaturas internas obtenidas con base en ese padrón inflado y falso?, ¿qué tanta responsabilidad en ese padrón inflado tienen algunos candidatos que obtuvieron su nominación con base en un listado amañado si no por ellos mismos, sí por sus operadores?, ¿qué parte de la culpa, por acción u omisión, tienen algunos presidentes de los comités directivos estatales y municipales, así como el nacional?

Y por supuesto, ante la realidad que arroja el refrendo de un padrón constituido en buena medida sobre trampas, acarreos y afiliaciones masivas, ¿qué sanciones se impondrán?, ¿habrá culpables o responsables de ese mal uso alevoso, ventajoso e inclusive ilegal de las reglas? No hay duda de que de no existir esas sanciones, tampoco habrá certeza de que la trampa no se vuelva a cometer. Los buenos propósitos, las buenas intenciones y la ética que antaño distinguieron al PAN están lejos de ser regla y más bien, a la luz de los incidentes reportados durante muchos procesos internos desde 2009 hasta la fecha, son excepción. La norma entra cuando el convencimiento propio falla –la certeza de que algo es bueno o malo–, y entonces el reglamento debe enmendar aquello que genera injusticia.

Ojalá las autoridades de Acción Nacional tengan el valor y la determinación de imponer esas sanciones, que las comisiones de orden estatales y nacional sepan responder como lo exige la gravedad de la evidencia, y que deje de hacerse caso omiso de esas acciones que por tolerarse y permitirse han aumentado al punto de desdibujar por completo una imagen de Partido que se construyó durante varias generaciones de esfuerzo, de responsabilidad y de honorabilidad.

Por último, el 7 de enero el propio presidente Gustavo Madero declaró que “la cifra de panistas refrendados sí corresponde a la de quienes han participado en la vida interna y en los eventos estatutarios de una manera real y activa”. Considero, en lo personal, que esa aseveración es incompleta, pues conozco a muchos que decidieron no refrendar su afiliación y que sí han dedicado, de manera desinteresada, días, semanas, meses y años de su tiempo a servir al PAN. No militantes en busca de un puesto ni tampoco militantes que permanecían sentados cuando el partido los convocaba a participar; por el contrario, militantes valiosos cuya ausencia y decisión sin duda afectarán en pequeña o gran escala el desempeño del PAN, y cuyo desencanto no es cosa menor sino más bien un reflejo del rumbo perdido y de la incapacidad de retomar ese camino que hacía que la militancia panista se sintiera orgullosa de serlo.

En sentido contrario, también hay muchas lacras, de esas que seguirán viendo el modo de torcer las reglas a su conveniencia, que sí refrendaron su pertenencia al PAN, a los que, hasta el momento de redactar estas líneas, no se les ha aplicado sanción ni señalamiento alguno por sus trampas.

Hago votos para que pronto, antes de que la decepción termine de alejar a quienes sí están dispuestos a servir a México a través del PAN –servir en el sentido más puo de la palabra–, este rumbo se corrija y aquellos que otrora llegaron con orgullo vuelvan a incorporarse a la militancia con ese ánimo, ese empeño, ese desinterés y esa voluntad de sumar su talento al de muchos otros que, no lo duden, los esperamos de vuelta.

Fuente: Altanerías

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