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El Papa del fin del mundo

Por: Marzo 13, 2013 Sin comentarios

Foto: cortesía.

México, D.F.- Jorge Mario Bergoglio, el primer Papa jesuita de la historia del catolicismo, es un sacerdote argentino de hábitos monacales que no duda en atacar al poder político, aunque su actuación en ese terreno le deparó el capítulo más amargo de su vida clerical.

Poco afecto a lo mediático, reservado, preocupado por la marginación social, el nuevo Papa llamado Francisco I dirigía con firmeza la arquidiócesis de Buenos Aires,  proyecta un pontificado sin sorpresas en los desafíos que la sociedad moderna plantea a la Iglesia como la sexualidad, el divorcio, el aborto o la bioética.

Una de sus biógrafas, Frascesca Ambrogetti, lo describe como una “personalidad absolutamente moderada. Es absolutamente capaz de hacer la necesaria renovación (en la Iglesia) sin saltos en el vacío”.

Coincide con la necesidad de una iglesia misionera. Que salga al encuentro de los feligreses, activa y no pasiva. Una iglesia que no sea reguladora de la fe, sino promotora de la vocación y facilitadora de la fe.

De tan sólo 76 años, el ex cardenal es un hombre humilde, de marcada espiritualidad y apegado a las tradiciones seculares del catolicismo. De aspecto hierático, habita un departamento pequeño, rechazó la residencia oficial del arzobispado.

Sobriedad y austeridad es su estilo de vida. Viajaba en metro, en el colectivo, los viajes a Roma los hacía en clase turista.

Suele guardar para sus raras apariciones públicas discursos cargados de palabras duras especialmente para los políticos como para la ciudadanía, señalando la pobreza masiva, la marginación y la desigualdad social que viven los argentinos.

Según medios de prensa internacionales, Bergoglio había sido uno de los cardenales más votados en el Cónclave del 2005 que convirtió a Joseph Ratzinger en Benedicto XVI.

Fue nombrado sacerdote a los 32 años, casi una década después de perder un pulmón por una enfermedad respiratoria y de dejar sus estudios de química. Pero pese a su ingreso tardío, en menos de cuatro años llegó a liderar la congregación jesuita local, un cargo que ejerció de 1973 a 1979.

Su ascenso coincidió con uno de los períodos más oscuros de Argentina, lo que le deparó fuertes críticas: la dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1982.

El cuestionamiento remite al secuestro de dos jesuitas detenidos clandestinamente por el gobierno de facto por hacer tareas sociales en barriadas de extrema pobreza. Según la acusación, Bergoglio les retiró la protección de su orden religiosa. Ambos párrocos sobrevivieron a un encierro de cinco meses.

El señalamiento consta en el libro El silencio del periodista Horacio Verbitsky, también presidente de la entidad privada defensora de los derechos humanos CELS. Se apoya en manifestaciones de Orlando Yorio, uno de los jesuitas secuestrados, antes de fallecer por causas naturales en 2000.

“La historia lo condena: lo muestra como alguien opuesto a todas las experiencias innovadoras de la Iglesia y sobre todo, en la época de la dictadura, lo muestra muy cercano al poder militar”, señaló tiempo atrás el sociólogo Fortunato Mallimacci, ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

Los detractores de esa postura sostienen que no está probada y que, por el contrario, Bergoglio ayudó a muchos a escapar de las fuerzas armadas durante los años de plomo.

En  la Casa de San Pedro, lejos de la mancha ignominiosa de la dictadura que aún sobrevuela sobre muchos de los que tuvieron actividad pública en esa etapa de Argentina, se espera que el dirigente de la  Iglesia Católica conduzca en silencio la estructura con mano férrea y con una marcada preocupación social.

Los mandatarios argentinos fueron varias veces blanco de la retórica filosa del sacerdote, que los ha acusado de no combatir la pobreza y querer enquistarse en el poder con los bienes del pueblo.

En el 2010, se enfrentó al Gobierno de la presidenta Cristina Fernández cuando impulsó una ley para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo.

“No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios”, escribió Bergoglio en una carta días antes de que el proyecto fuera aprobado por el Congreso de ese país.

Cardenal desde 1998, muchos de los que eligieron a Bergoglio lo conocieron por su inesperada y reconocida actuación de relator durante el Sínodo de purpurados del 2001.

Hijo de un hogar de clase media con cinco hijos, de padre ferroviario y madre ama de casa, poco afecto a aceptar invitaciones privadas y poseedor de un “pensamiento táctico’, según los especialistas, ahora deberá presentar sus “cartas” ante más de 1.000 millones de católicos.

 

 

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